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Figuras pintadas de la cueva de Arenaza

Galdames - Yacimiento arqueológico

El santuario interior de la cueva de Arenaza, al que no llega la luz solar, está compuesto por una galería central y una saleta al fondo. La decoración de la saleta está compuesta exclusivamente por figuras de ciervas. Basándose en la semejanza con otros modelos, es razonable suponer que fueron pintadas, en un lapso de tiempo no especificable, en la fase antigua de la cultura magdaleniense (comenzando en torno a los 14.000 a. C. aprox.).La decoración de la galería central consta de una figura de toro en línea roja y grabado superpuesto y de restos de otras figuras perdidas en una zona muy alejada del resto del santuario. Tanto por su forma como por la técnica de línea seguida, difiere de las ciervas, y por ello se puede dudar de si fue ejecutado en el mismo tiempo. Pero las semejanzas sugieren que no sea éste muy lejano.

 

Créditos

Texto: Juan M. Azpellaniz Fotografías: Susperregui, Txema Cámara

Acceso

Desde la Plaza de San Pedro (centro administrativo de Galdames) parte una pista a mano derecha; tras recorrer 250 mts. se debe tomar el primer desvío a la derecha, que asciende suavemente hasta unos 15 m. por debajo de la cueva.

Horario

Acceso restringido a investigadores.

Localización

Barrio de San pedro.

Información

La cueva de Arenaza abre su boca hacia el sur, al pie del Alta de Galdames y a 44 metros sobre el fondo del valle por el que discurre el río Galdames, en un tramo ancho, encajado en sus extremos por los estrechamientos de Garay y de La Aceña.

La boca se abre a una gran sala en la que se conservan los restos de las ocupaciones que, iniciadas al menos en la fase final del Paleolítico Superior (cultura magdaleniense, inicio hacia el 14.000 a. C. aprox.) por forrajeros, continuadas más tarde por horticultores (cultura neolítica, entre 3.200- 2000 a. C. aprox.) y pastores (cultura calcolítica y de la Edad del Bronce (2000-800 a. C. aprox.), terminaron con las de gentes romanizadas que escapaban de agitaciones sociales en el Bajo Imperio Romano (s. IV-V d. C.).

La grandeza de la sala, la potencia de las ocupaciones y el santuario interior parecen haber hecho de ella un lugar de reunión de las bandas de forrajeros. A ellos se debe la construcción del santuario interior, al que no llega la luz solar y que está distribuido a lo largo de la gran galería central y en una saleta al fondo de un estrecho e incómodo divertículo lateral, saleta de empinado recorrido en parte.

La decoración de la saleta está compuesta exclusivamente de figuras de cierva, en su práctica totalidad mal conservadas a causa del proceso de desconchado que sufren las paredes. Suman en total diez, excluyendo algunos rastros de pintura roja no identificables.

La mayor parte de ellas describen la totalidad de la figura, mientras que algunas se reducen a la cabeza, o a la cabeza y el cuello, o a cabeza, cuello y dorso. Con alguna excepción están ordenadas en pares, unas veces superpuestos, otras enfrentados a diferente altura y otras superpuestos pero orientados en sentido opuesto. Los contornos de algunas están ejecutados con la técnica de tamponado, mientras que otras están cubiertas de tinta plana roja.

Todas las figuras son variaciones de un mismo esquema general, que incluye una figura naturalista pero deformada, con largas orejas implantadas en el extremo superior de la frente, morro sin cerrar, perspectiva lateral en el cuerpo, excepto en manos y patas, que van en frontal, y modelado de alguna parte del cuerpo (fauces, cuello, cruz, y quizá inguinal) aleatoriamente seleccionada.

La mejor conservada, inmediatamente a la izquierda de la entrada, repasada varias veces, presenta una cabeza deformada por un buche situado delante del pliegue de las fauces, y subrayado por un entintado subtriangular, un cuello largo, ancho y arqueado y un dorsal muy corto con un lomo prominente que probablemente no perteneció a la figura original. Se ven partes de un entintado junto a la cruz y en la base del cuello.

Las figuras completas muestran también entintados en el cuello, así como unas extremidades también entintadas, largas y estrechas, en las que se detalla el corvejón y se suprimen los cascos.

Basándose en la semejanza entre los modelados de las figuras y los que aparecen en las mismas posiciones en ciervas grabadas sobre omoplatos en las cuevas de Castillo y Altamira, es razonable suponer que fueron pintadas, en un lapso de tiempo no especificable, en la fase antigua de la cultura magdaleniense (comenzando en torno a los 14.000 a. C. aprox.).

La decoración de la galería central consta de una figura de toro en línea roja y grabado superpuesto y de restos de otras figuras perdidas en una zona muy alejada del resto del santuario.

El contorno pintado en rojo del toro describe sólo la cabeza y el dorsal, mientras que el fino grabado que se le superpuso, no siempre exactamente, le añade la nalga y la pierna. El modelo bajo cuyo influjo fue ejecutado incluye mayor número de detalles que las ciervas (flequillo, ojo, boca), un modulado más claramente naturalista y, al parecer, una técnica de línea seguida.

Aunque esta figura fue ejecutada con línea roja, tanto por su forma como por la técnica de línea seguida, difiere de las ciervas, y por ello se puede dudar de si lo fue en el mismo tiempo. Pero las semejanzas sugieren que no sea éste muy lejano.

Por la práctica identidad de los temas y de su tratamiento técnico, el conjunto de la decoración se asemeja al de otras cuevas (Covalanas, La Pasiega, Salitre, Pindal) de una región costera del Cantábrico que abarca desde Asturias hasta justamente Arenaza (Escuela de Ramales).
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