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Antiguo convento de San Agustín

Durango - Obras públicas

La presencia de los Agustinos en Durango data del año 1584, pero no sería hasta pasada la primera mitad del siglo XVII cuando se consolidara. Amparados por un legado particular de Domingo de Garro los religiosos iniciaron en 1662 las obras de un gran convento que constaba de iglesia y de una residencia con patio. La institución funcionó hasta la desamortización de José Bonaparte a comienzos del siglo XIX, a partir de entonces el conjunto se recicló hacia otros usos. Aún así la iglesia apenas ha sido alterada, se trata de un elemento de notables dimensiones con una planificación característica de finales del siglo XV, llamada tipo Reyes Católicos. Destaca la gran fachada rectangular vertical con un pórtico-lonja abierto a la calle por arcos de medio punto.

 

Créditos

Texto: Jose Ángel Barrio Loza Fotografías: Santi Yaniz

Acceso

En las inmediaciones del casco antiguo de Durango, al otro lado del río.

Localización

San Agustinalde, 8-12.

Información

Durante la Contrareforma y a fin de combatir herejías y desviaciones religiosas, el rey Felipe II y sus sucesores procuraron reconducir los frecuentes retiros privados de devotos, muy especialmente de beatas, hacia la clausura.

Ese es el origen de muchos de los conventos de Bizkaia, pero no el de San Agustín de Durango, promovido por la Orden agustiniana, una institución consolidada desde hacía siglos. Sin embargo comparte aspectos comunes, como el de la dependencia de un legado particular -en este caso de D. Domingo de Garro, caballero de la Orden de Calatrava- y su fórmula de asentamiento en un lugar ventajoso, en los arrabales.

La presencia -al principio en precario- de los Agustinos en Durango data del año 1584, pero no sería hasta pasada la primera mitad del siglo XVII cuando se consolidara. Amparados por el legado citado, los Agustinos pudieron comenzar en 1662 las obras de un gran convento que constaba de iglesia y de residencia, ésta en torno a un patio.

La institución funcionó hasta la desamortización de José Bonaparte a comienzos del siglo XIX. A partir de entonces pasó a depender del concejo, que instaló primero un hospital y residencia de ancianos en torno a las dependencias que rodean el patio y, ya muy recientemente, recicló la iglesia hacia usos culturales. En ambos casos fueron precisas restauraciones y remodelaciones que no afectaron mucho al espíritu de la obra original.

Edificio

Unidos, los dos componentes del convento constituyen un magnífico conjunto. El patio ofrece su generosa fachada apaisada hacia la calle en la que, aparte del acceso, llaman la atención el considerable balcón abacial con su antepecho de forja y el plástico escudo de armas.

La iglesia apenas está alterada y es un elemento de notables dimensiones (43 x 18 mts.) distribuida en una nave con capillas bajas alojadas entre los contrafuertes de sus tres tramos y coro alto a los pies, sobre un zaguán abierto a la calle. En la parte de delante cuenta con crucero de brazos alineados y capilla rectangular apaisada. El tramo central del crucero se cubre con media naranja de albañilería a la manera barroca, la nave mayor con un sistema de crucería estrellada y el resto, con crucería simple, según la forma gótica.

Esta manera de planificar el templo es característica de finales del siglo XV y, de hecho, se conoce con el nombre de tipo Reyes Católicos.

En el caso de Durango lo peculiar es su gran fachada rectangular vertical con un pórtico-lonja abierto a la calle por arcos de medio punto. Para iluminar el coro, a Levante, hay un gran ventanal y en una hornacina aparece el bulto pétreo de San Agustín.

Las únicas licencias -muy matizadas- al barroco que por las fechas le correspondería están en la puerta de ingreso, que es adintelada y moldurada entre pilastras, con friso de glifos y frontón avolutado encima. La imagen interior es aún más austera por la dureza del sistema de modulación de arcos de medio punto sobre placas capitel y pilastras lisas, arcos fajones y claves, nada de ello proclive al ornato.

Su tracista y rematante de la obra, Juan de Ansola, polémico cantero de Eibar que dirigió durante varios años la reconstrucción de Santa María de Uribarri, se comporta de acuerdo al predominante talante regional del barroco contenido. Para la fachada del edificio adoptó el mismo sistema que el clasicista convento de los Franciscanos de Tolosa y para el reparto de los espacios del templo el referido bajomedieval castellano. La obra no la terminaría ni él ni su cuñado y socio Martín de Garatechea, tras un parón, pleito incluido con los Agustinos, Martín de Olaguibel la retomaría veinte años después, en 1682, comprometiéndose a acabarla en 1685.

Mobiliario

Su rico patrimonio mueble se malbarató tras la desamortización, pero el retablo mayor, rococó, impresionante máquina de madera de nogal sin policromar, se conserva actualmente en la iglesia de San Pedro de Dima.
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