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Ermita de San Miguel de Ereñozar

Ereño - Arquitectura religiosa - Ermitas

La ermita de San Miguel de Ereñozar, es un edificio rural de planta rectangular, muros de mampostería con sillares en las esquinas y amplio pórtico. Se accede al interior por una puerta adintelada abierta a los pies. En ese espacio se custodia un sillar de arenisca y un sepulcro monolítico datado entre los siglos X y XII. La ermita que llegó a ser parroquia de Ereño, fue construida en el siglo X por los labradores dependientes de los señores de Bizkaia. En esta época en Bizkaia se construyeron numerosas iglesias que prestaban asistencia religiosa a la población y sirvieron para cohesionar las comunidades aldeanas. No fue religioso el único uso de la colina de Ereñozar. Su situación estratégica dominando la costa facilitó la construcción de una atalaya defensiva. En 1409 fue destruida quedando sólo la ermita.

 

Créditos

Texto: Iñaki García Camino Fotografía: Aixeder

Acceso

En el casco urbano de Ereño seguir el indicador a la ermita. Al llegar al final del camino subir a pie por un empinado camino de piedra.

Horario

La ermita se encuentra habitualmente cerrada al público.

Localización

Monte Ereñozar.

Información

Sobre la cueva de Santimamiñe, en la cumbre de una escarpada colina desde la que se domina el espléndido paraje de la ría de Gernika, su desembocadura y un extenso tramo costero, se encuentra la ermita de San Miguel de Ereñozar. Es un edificio rural, de planta rectangular, muros de mampostería con sillares en las esquinas, cubierta a dos aguas y amplio pórtico a Poniente y Mediodía. Al interior, se accede a través de una puerta adintelada abierta a los pies del templo. En ese espacio, de reducidas dimensiones y pavimento de tierra, se custodia un sillar de arenisca, decorado con la figura de un tosco orante rodeado de una orla de dientes de sierra que, pese a su estética arcaica, parece un ejemplar medieval. Junto a él, se conserva también un sepulcro monolítico de planta exterior trapezoidal y hueco interior antropomorfo, con la cabecera diferenciada del cuerpo mediante un ensanchamiento que insinúa hombros rectos y simétricos, que puede ser datado entre los siglos X y XII. No debe de ser esta la única sepultura del entorno, ya que es tradición popular que hay tumbas en los alrededores de la ermita, aunque ninguna investigación arqueológica se haya realizado al respecto.

Pese a estos indicios, poco conocemos de sus orígenes. Según J. R. Iturriza -historiador de finales del siglo XVIII-, la ermita fue antigua parroquia de Ereño, construida en el siglo X por los labradores censuarios o campesinos dependientes de los señores de Bizkaia. Atendiendo a la advocación del templo, la fundación pudo ser algo más reciente, ya que el culto a San Miguel debió de propagarse y arraigar con fuerza en Bizkaia gracias a la política de organización del territorio emprendida por Sancho III el Mayor, quien en 1017, al fundar el monasterio de Aralar, convirtió al arcángel en el protector de la monarquía de Pamplona.

En Bizkaia, como en toda Europa, se construyeron en torno al año 1000 numerosas iglesias que además de prestar asistencia religiosa a la población del entorno, sirvieron para cohesionarla en comunidades aldeanas. Frecuentemente, estas iglesias se levantaron en un extremo del área poblada, pero no siempre fue así, como en el caso de San Miguel, construida en un lugar expuesto a los vientos, sin protección natural alguna y que nunca debió resultar muy atractivo para establecer un asentamiento, más aún teniendo en cuenta la escasa superficie de la colina. Pero la devoción que entre los vecinos existe hacia el santo, nos hacen pensar que, antes de que en el ocaso de la Edad Media se consolidaran las anteiglesias de Ereño, Nabarniz y Arteaga, el templo sería un importante referente para la población que se extendía a sus pies, como es habitual en sociedades de base ganadera, donde el monte unía a la población de sus laderas.

No fue religioso el único uso de la colina de Ereñozar. Su estratégica situación sobre la costa facilitó que se fortificara y se constituyera en una atalaya defensiva, definida por una obra de mampostería coronada, probablemente, con cerramientos lígneos, cuyos cimientos, rodeando la explanada superior del monte, todavía pueden observarse en la actualidad. De hecho, según relata la Crónica de Alfonso XI, en 1334 algunos señores vizcaínos, capitaneados por D. Juan Nuñez de Lara, se refugiaron durante un largo mes en el castillo de Sant Miguel d´Erencho, para resistir al asedio al que se vieron sometidos por el monarca castellano. Pero existen testimonios anteriores como se desprende del hallazgo en el ángulo sudoeste de la plataforma ocupada por la fortaleza de una moneda acuñada en Toledo, durante el reinado de Alfonso I el batallador (1104-1134). Presenta en el anverso un busto masculino toscamente dibujado con la leyenda ANFUS REX; y en el reverso una cruz con estrellas en el primero y cuarto cuartel y la leyenda TOLETA. En1409, en el contexto de la violenta lucha de bandos, fue destruida quedando en pie sólo la ermita que, tras sufrir diversas reformas a lo largo de su historia, fue reconstruida en 1982 por los miembros de la hermandad de Amigos de San Miguel de Ereñozar, recuperando, además, el régimen de auzolan tradicionalmente usado en la restauración de muchas de estas edificaciones rurales.

El pasado brumoso de Ereñozar se ve también envuelto por numerosas leyendas que acrecientan su interés. Algunas están vinculadas con la victoria de San Miguel sobre el diablo; así, unas hendiduras que se observan en las rocas junto al camino de acceso a la ermita son interpretadas como las huellas dejadas por el arcángel cuando en cierta ocasión tuvo que perseguir al maligno que, descendiendo precipitadamente por la ladera, escapaba de debajo de su pie. Otras atribuyen a las aguas que caían del tejado propiedades curativas de las afecciones de la piel. Otras, finalmente, explican las adversas condiciones meteorológicas del lugar por la necesidad que debieron sentir aquellos que, muertos sin haber visitado la ermita, se ven obligados a acudir en peregrinación a ella, manifestando su presencia en forma de los vientos huracanados que habitualmente soplan por la noche en su entorno.
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